Portada de Ars Docendi — Tomo I
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Ars Docendi · Tomo I · Anno MDCLXVI
Capítulo Primero

Ars Docendi

— De cómo Carmelo despertó en una ciudad ajena —

Lo primero fue el frío. Después, las gotas: pequeñas, persistentes, como dedos diminutos que insistían en tamborilear sobre su rostro. Pero no fue ni el frío ni la llovizna lo que terminó de arrancarlo del sueño. Fue el olor.

Un olor denso, terroso, inconfundible. En la oscuridad detrás de sus párpados vio marranos —decenas de ellos— hocicando contra las cercas de madera, gruñendo y empujándose con esa desesperación voraz que él conocía tan bien. Era la marranera. Tenía que ser la marranera.

Abrió los ojos de golpe.

No era la marranera.

Era de noche, y estaba tumbado sobre una banca de madera, cubierto a medias por unos plásticos sucios que alguien —no recordaba quién, ni cuándo— había dispuesto sobre él. Se incorporó muy despacio, como temiendo que el mundo entero fuera a desvanecerse si lo miraba demasiado fijo, y entonces lo vio todo a la vez, sin orden ni misericordia.

Una avenida atestada de gente. Olores que se peleaban entre sí: humo, café, orina, perfume barato, frituras. No llovía, en realidad; era más bien un rocío fino que flotaba en el aire como si la noche misma estuviera sudando. A lo largo de la acera, una hilera de vendedores había extendido su mercancía sobre el piso —relojes, pilas, juguetes plásticos, libros sin lomo— y los carritos de tinto humeaban en las esquinas como pequeñas calderas portátiles.

Los grupos de jóvenes pasaban en corrillos, riendo demasiado fuerte, pasándose botellas de vino con la naturalidad de quien lo hace todas las noches. Familias enteras cruzaban frente a él arrastrando niños somnolientos; parejas de novios caminaban con los dedos entrelazados, ajenas a todo lo que no fuera el otro; hombres y mujeres con corbatas flojas y zapatos de oficina avanzaban con el paso rendido del que aún no llega a casa.

A su izquierda se alzaba una iglesia. Era enorme, hermosa de una forma severa, y parecía mirarlo con una paciencia antigua. Enfrente, al otro lado de la calle, una plazoleta amplia bullía de transeúntes a una hora en que, sin saber muy bien por qué, había dado por sentado que las plazas debían estar vacías.

Trató de reconocer algo. Cualquier cosa. Un rostro, una esquina, una fachada, el contorno familiar de un árbol. Nada. La gente pasaba a su lado sin mirarlo, como si fuera un mueble más del mobiliario urbano, como si llevara años allí y a nadie se le hubiera ocurrido jamás preguntarle su nombre.

Estaba todavía intentando ordenar el rompecabezas cuando sintió, muy leve, el contacto de una madera contra el muslo. Dos golpecitos. Apenas lo justo para llamar su atención.

—Tiene que desocupar la banca —dijo una voz a sus espaldas. Eran dos policías. El que había hablado dejó descansar el bastón sobre la banca, sin prisa, más por costumbre que por convicción—. Ese no es lugar para sentarse.

Los miró. No dijo nada. No tenía nada que decir, en parte porque no encontraba las palabras, y en parte porque sospechaba que cualquier palabra que pronunciara en aquel lugar lo delataría como lo que, evidentemente, era: alguien que no debía estar allí.

Se levantó. Cruzó la calle entre el gentío con un paso que no parecía suyo —el paso de un hombre que aún no ha terminado de despertar—, y siguió derecho, sin propósito alguno, hasta el otro extremo de la plazoleta. Allí, casi de improviso, se topó con un museo.

Se detuvo frente a los grandes ventanales. La luz del interior era cálida, amarilla, distinta de la luz fría y húmeda de la calle. Apoyó la mano contra el vidrio sin darse cuenta de que lo hacía. Al fondo, a la izquierda, distinguió las siluetas de una exposición y un cartel impreso en letras grandes que pudo leer incluso a través del reflejo:

Cultura Muisca.

Y entonces ocurrió.

Algo se removió en el lugar donde antes había estado la marranera. Una imagen —nítida, dorada, diminuta— se abrió paso en su cabeza como si llevara siglos esperando precisamente esa palabra para regresar. Una figura de oro. Llevaba una corona. Tenía la mano derecha alzada y, con la izquierda, sostenía algo. Algo que él, durante un instante terriblemente breve, estuvo seguro de haber tenido entre los dedos.

De todo lo que había visto aquella noche, fue lo único que reconoció.

La imagen no se fue. Al contrario: se hizo más nítida, más insistente, hasta convertirse en algo que casi podía tocar. La figura dorada giraba lentamente dentro de su cabeza, terca, luminosa, y a cada giro empujaba un poco más contra las paredes de su cráneo. Lo que al principio había sido un destello íntimo, casi tierno, se volvió presión; y la presión, dolor. Un dolor sordo y obstinado que le palpitaba detrás de los ojos como si alguien, desde dentro, estuviera intentando salir.

Tuvo que apartarse del ventanal.

Caminó deprisa, sin rumbo, con la mano apoyada en la sien como si así pudiera contener aquello que se le hinchaba por dentro. Cruzó otra plazoleta —ni se molestó en mirarla— y se encontró subiendo por una calle inclinada que parecía no terminar nunca. El asfalto brillaba bajo las farolas. Sus pasos eran rápidos, irregulares, los pasos de quien huye sin saber muy bien de qué.

Tenía los labios secos. Una sed extraña, espesa, le raspaba la garganta. Las piernas empezaron a pesarle de una forma desconocida y, casi sin pensarlo, empujó el primer portón que se interpuso en su camino.

Adentro, el mundo cambió de temperatura.

Música blues rock latía suave al fondo del local, contenida, como si no quisiera molestar demasiado a quienes habían venido a escucharla. Olía a madera, a alcohol dulce, a algo tibio y humano que no supo nombrar. Avanzó hasta la barra y se apoyó contra ella con todo el peso del cuerpo, como un náufrago que por fin alcanza una orilla.

A su lado, sentado en una de las altas banquetas, había un muchacho.

Vestía un traje oscuro impecable, sin corbata, con la camisa abierta apenas en el primer botón. Tenía un libro entre las manos. Lo sostenía con la naturalidad de quien lee en los bares como otros respiran en ellos, y al notar la presencia recién llegada levantó la vista de la página y se quedó mirándolo —no de arriba abajo, sino con una atención serena, casi cortés, como si calculara, sin alarma, qué clase de criatura acababa de entrar.

El hombre tras la barra se acercó.

—¿Qué se le ofrece?

Era una pregunta sencilla, pero contenía algo más: una lectura rápida y certera del estado en que se encontraba. El cantinero había visto, en un segundo, los labios partidos, la ropa, los ojos cansados, y supo —antes que él mismo— que aquel cuerpo necesitaba con urgencia humedecerse y refrescarse.

Por un instante quiso quedarse. Aquel lugar era cálido, ordenado, seguro de una manera difícil de explicar. Pero también sabía, con la misma claridad, que no le pertenecía; que en cuestión de segundos lo descubrirían, lo señalarían, lo invitarían a marcharse. Estaba ya retrocediendo medio paso cuando el muchacho del libro habló.

—Venga, hombre. ¿Qué se toma?

Tenía una voz tranquila, hospitalaria, sin asomo de lástima. Le abrió un hueco en la barra con un gesto mínimo de la mano.

—No sé —se oyó responder.

Y aquella respuesta —dos palabras, apenas dos— lo sobresaltó. Era la primera vez, desde que había abierto los ojos sobre la banca, que escuchaba su propia voz. No había sabido, hasta ese momento, que pudiera hablar.

El muchacho sonrió de medio lado, sin aspavientos, como quien está acostumbrado a recibir a desconocidos en mitad de la noche.

—Mucho gusto. A mí me conocen como Xavi. —Y golpeó suavemente la madera, invitándolo—. Siéntese, hermanito, fresco. —Después, sin volverse del todo hacia el cantinero, añadió—: Deme dos cervezas, por favor.

Hubo un silencio breve, de los que se sostienen sobre algo, y entonces Xavi lo miró otra vez.

—¿Cuál es su nombre?

La pregunta cayó en él como una piedra en un pozo cuyo fondo desconocía. Y antes de que pudiera medir la respuesta, antes incluso de saber si tenía una, los labios se le movieron solos.

—Soy Carmelo.

Lo dijo, y se quedó suspendido en sus propias palabras. Porque hasta ese mismo instante —y de eso estaba seguro, terriblemente seguro— él tampoco había recordado que se llamaba así.

— Folio I · Escena Primera —