Lo primero fue el frío. Después, las gotas: pequeñas, persistentes, como dedos diminutos que insistían en tamborilear sobre su rostro. Pero no fue ni el frío ni la llovizna lo que terminó de arrancarlo del sueño. Fue el olor.
Un olor denso, terroso, inconfundible. En la oscuridad detrás de sus párpados vio marranos —decenas de ellos— hocicando contra las cercas de madera, gruñendo y empujándose con esa desesperación voraz que él conocía tan bien. Era la marranera. Tenía que ser la marranera.
Abrió los ojos de golpe.
No era la marranera.
Era de noche, y estaba tumbado sobre una banca de madera, cubierto a medias por unos plásticos sucios que alguien —no recordaba quién, ni cuándo— había dispuesto sobre él. Se incorporó muy despacio, como temiendo que el mundo entero fuera a desvanecerse si lo miraba demasiado fijo, y entonces lo vio todo a la vez, sin orden ni misericordia.
Una avenida atestada de gente. Olores que se peleaban entre sí: humo, café, orina, perfume barato, frituras. No llovía, en realidad; era más bien un rocío fino que flotaba en el aire como si la noche misma estuviera sudando. A lo largo de la acera, una hilera de vendedores había extendido su mercancía sobre el piso —relojes, pilas, juguetes plásticos, libros sin lomo— y los carritos de tinto humeaban en las esquinas como pequeñas calderas portátiles.
Los grupos de jóvenes pasaban en corrillos, riendo demasiado fuerte, pasándose botellas de vino con la naturalidad de quien lo hace todas las noches. Familias enteras cruzaban frente a él arrastrando niños somnolientos; parejas de novios caminaban con los dedos entrelazados, ajenas a todo lo que no fuera el otro; hombres y mujeres con corbatas flojas y zapatos de oficina avanzaban con el paso rendido del que aún no llega a casa.
A su izquierda se alzaba una iglesia. Era enorme, hermosa de una forma severa, y parecía mirarlo con una paciencia antigua. Enfrente, al otro lado de la calle, una plazoleta amplia bullía de transeúntes a una hora en que, sin saber muy bien por qué, había dado por sentado que las plazas debían estar vacías.
Trató de reconocer algo. Cualquier cosa. Un rostro, una esquina, una fachada, el contorno familiar de un árbol. Nada. La gente pasaba a su lado sin mirarlo, como si fuera un mueble más del mobiliario urbano, como si llevara años allí y a nadie se le hubiera ocurrido jamás preguntarle su nombre.
Estaba todavía intentando ordenar el rompecabezas cuando sintió, muy leve, el contacto de una madera contra el muslo. Dos golpecitos. Apenas lo justo para llamar su atención.
—Tiene que desocupar la banca —dijo una voz a sus espaldas. Eran dos policías. El que había hablado dejó descansar el bastón sobre la banca, sin prisa, más por costumbre que por convicción—. Ese no es lugar para sentarse.
Los miró. No dijo nada. No tenía nada que decir, en parte porque no encontraba las palabras, y en parte porque sospechaba que cualquier palabra que pronunciara en aquel lugar lo delataría como lo que, evidentemente, era: alguien que no debía estar allí.
Se levantó. Cruzó la calle entre el gentío con un paso que no parecía suyo —el paso de un hombre que aún no ha terminado de despertar—, y siguió derecho, sin propósito alguno, hasta el otro extremo de la plazoleta. Allí, casi de improviso, se topó con un museo.
Se detuvo frente a los grandes ventanales. La luz del interior era cálida, amarilla, distinta de la luz fría y húmeda de la calle. Apoyó la mano contra el vidrio sin darse cuenta de que lo hacía. Al fondo, a la izquierda, distinguió las siluetas de una exposición y un cartel impreso en letras grandes que pudo leer incluso a través del reflejo:
Cultura Muisca.
Y entonces ocurrió.
Algo se removió en el lugar donde antes había estado la marranera. Una imagen —nítida, dorada, diminuta— se abrió paso en su cabeza como si llevara siglos esperando precisamente esa palabra para regresar. Una figura de oro. Llevaba una corona. Tenía la mano derecha alzada y, con la izquierda, sostenía algo. Algo que él, durante un instante terriblemente breve, estuvo seguro de haber tenido entre los dedos.
De todo lo que había visto aquella noche, fue lo único que reconoció.
La imagen no se fue. Al contrario: se hizo más nítida, más insistente, hasta convertirse en algo que casi podía tocar. La figura dorada giraba lentamente dentro de su cabeza, terca, luminosa, y a cada giro empujaba un poco más contra las paredes de su cráneo. Lo que al principio había sido un destello íntimo, casi tierno, se volvió presión; y la presión, dolor. Un dolor sordo y obstinado que le palpitaba detrás de los ojos como si alguien, desde dentro, estuviera intentando salir.
Tuvo que apartarse del ventanal.
Caminó deprisa, sin rumbo, con la mano apoyada en la sien como si así pudiera contener aquello que se le hinchaba por dentro. Cruzó otra plazoleta —ni se molestó en mirarla— y se encontró subiendo por una calle inclinada que parecía no terminar nunca. El asfalto brillaba bajo las farolas. Sus pasos eran rápidos, irregulares, los pasos de quien huye sin saber muy bien de qué.
Tenía los labios secos. Una sed extraña, espesa, le raspaba la garganta. Las piernas empezaron a pesarle de una forma desconocida y, casi sin pensarlo, empujó el primer portón que se interpuso en su camino.
Adentro, el mundo cambió de temperatura.
Música blues rock latía suave al fondo del local, contenida, como si no quisiera molestar demasiado a quienes habían venido a escucharla. Olía a madera, a alcohol dulce, a algo tibio y humano que no supo nombrar. Avanzó hasta la barra y se apoyó contra ella con todo el peso del cuerpo, como un náufrago que por fin alcanza una orilla.
A su lado, sentado en una de las altas banquetas, había un muchacho.
Vestía un traje oscuro impecable, sin corbata, con la camisa abierta apenas en el primer botón. Tenía un libro entre las manos. Lo sostenía con la naturalidad de quien lee en los bares como otros respiran en ellos, y al notar la presencia recién llegada levantó la vista de la página y se quedó mirándolo —no de arriba abajo, sino con una atención serena, casi cortés, como si calculara, sin alarma, qué clase de criatura acababa de entrar.
El hombre tras la barra se acercó.
—¿Qué se le ofrece?
Era una pregunta sencilla, pero contenía algo más: una lectura rápida y certera del estado en que se encontraba. El cantinero había visto, en un segundo, los labios partidos, la ropa, los ojos cansados, y supo —antes que él mismo— que aquel cuerpo necesitaba con urgencia humedecerse y refrescarse.
Por un instante quiso quedarse. Aquel lugar era cálido, ordenado, seguro de una manera difícil de explicar. Pero también sabía, con la misma claridad, que no le pertenecía; que en cuestión de segundos lo descubrirían, lo señalarían, lo invitarían a marcharse. Estaba ya retrocediendo medio paso cuando el muchacho del libro habló.
—Venga, hombre. ¿Qué se toma?
Tenía una voz tranquila, hospitalaria, sin asomo de lástima. Le abrió un hueco en la barra con un gesto mínimo de la mano.
—No sé —se oyó responder.
Y aquella respuesta —dos palabras, apenas dos— lo sobresaltó. Era la primera vez, desde que había abierto los ojos sobre la banca, que escuchaba su propia voz. No había sabido, hasta ese momento, que pudiera hablar.
El muchacho sonrió de medio lado, sin aspavientos, como quien está acostumbrado a recibir a desconocidos en mitad de la noche.
—Mucho gusto. A mí me conocen como Xavi. —Y golpeó suavemente la madera, invitándolo—. Siéntese, hermanito, fresco. —Después, sin volverse del todo hacia el cantinero, añadió—: Deme dos cervezas, por favor.
Hubo un silencio breve, de los que se sostienen sobre algo, y entonces Xavi lo miró otra vez.
—¿Cuál es su nombre?
La pregunta cayó en él como una piedra en un pozo cuyo fondo desconocía. Y antes de que pudiera medir la respuesta, antes incluso de saber si tenía una, los labios se le movieron solos.
—Soy Carmelo.
Lo dijo, y se quedó suspendido en sus propias palabras. Porque hasta ese mismo instante —y de eso estaba seguro, terriblemente seguro— él tampoco había recordado que se llamaba así.
Cuando Xavi cerró el libro y lo deslizó sobre la madera de la barra, Carmelo, sin proponérselo, bajó los ojos hasta la tapa. Invicto, decía. Encima del título, una ilustración curiosa: un cerebro, casi solemne, rodeado por unas ramas de olivo que se curvaban como abrazándolo. Algo en aquella imagen le sugirió una victoria —no una victoria ruidosa, sino una victoria.
Xavi lo miró entonces a los ojos, y lo miró fijo. Encontró allí dos pozos oscuros y profundos en los que parecía haberse quedado algo atascado hacía mucho tiempo. Una clase de misterio que no era teatral, sino simplemente antiguo. Carmelo, por su parte, quiso sostener esa mirada, devolverla, como si una respuesta sin palabras fuera todavía posible entre ellos dos.
Afuera, la lluvia descendía sobre los ventanales como si el cielo hubiera decidido disolverse despacio sobre la ciudad. El humo de los cigarrillos subía en espirales cansadas y se mezclaba con el olor agrio del ron, la madera húmeda, hombres y mujeres que llegaban hasta allí a esconderse de sí mismos. La música —baja, persistente— era un arrullo reconfortante frente al caos de la calle; cada nota parecía tocar, con dedos discretos, la calma interna de los que estaban dentro.
Xavi no parecía solo en aquel ambiente, aunque lo estuviera. Inclinado apenas sobre la barra, sostenía el vaso con la serenidad de quien ya ha aprendido a no pedirle demasiado a la noche. Carmelo, por el contrario, observó apenas el reflejo del alcohol bajo las lámparas amarillas, como si en aquel espejo ámbar pudiera leerse algo que él aún no sabía leer en sí mismo.
Entonces Xavi habló, sin razón aparente, como hablan los hombres que llevan demasiado tiempo conversando consigo mismos.
—La verdadera libertad —dijo, sin apartar la vista del vaso— quizá sea poder entrar aquí cuando uno quiere… y marcharse antes de pertenecerle al alcohol.
Carmelo giró apenas el rostro. Ser dueño de uno mismo. Esa idea le sonaba a algo conocido, vagamente conocido, como una palabra escuchada en otro idioma que sin embargo se entiende. Y era extraño, porque en aquel momento eran muy pocas las cosas que recordaba de sí. Tenía la marranera. Tenía el destello dorado de la estatuilla en el museo. Tenía aquella ciudad que no conocía y que se le pegaba a los zapatos como un sueño ajeno. Y tenía, ahora —tímidamente, como un mueble que reaparece cuando uno enciende la luz—, su propio nombre. Y, sin saber muy bien por qué, también la imagen difusa de un aeropuerto.
—Hay noches —prosiguió Xavi, casi para sí— en que me tomo el tiempo de encontrarme conmigo mismo. No siempre lo logro. Pero al menos eso: el tiempo.
Bebió un sorbo corto de su cerveza.
—El punto no es vencer cada cosa a su turno. El punto es no entregar el gobierno de uno mismo. Distinguir entre lo que uno controla y lo que no… aunque, honestamente, en lugares como este la línea se vuelve borrosa para casi todo el mundo.
Un saxofón lanzó, en algún rincón invisible del local, una nota larga y herida.
Hubo un silencio breve.
—La mayoría viene aquí a olvidarse de sí mismos un rato —continuó Xavi.
Y Carmelo, al escucharlo, sintió algo parecido a un momento distante: él, a esa hora, ya estaba casi completamente perdido de sí mismo, y ni siquiera había tenido que pedirlo.
—Yo comprendí —siguió el otro— sin querer olvidarlo, no hace mucho, que pensar demasiado en mañana es otra forma elegante de suicidio lento. Nos desgastamos imaginando futuros que tal vez jamás lleguen. Le tememos al último día… cuando en realidad la vida ocurre únicamente en este. Son muchos los días que vivimos, hermanito, pero solo partimos en uno. Y, mientras tanto, cada uno alcanza a hacerse hermoso.
Era una charla casual, como todo aquella noche; pero a Carmelo le supo, de pronto, a otra cosa. Se sintió, sin esperarlo, cómodo. Con ganas de hablar. Sintió que en aquel diálogo —en el ritmo lento de aquellas frases ajenas— estaba, sin querer, encontrándose.
—Hablas como alguien que perdió algo —se oyó decir.
—Todos los hombres perdemos algo —respondió Xavi, sin sorprenderse—. Unos pierden a una mujer. Otros, la juventud. Otros, la fe. Yo creo que perdí la necesidad de fingir eternidad o certezas, aunque sé que en la memoria de muchos la puedo tener o en mi misma obra.
Abrió el libro de nuevo y pasó dos o tres páginas marcadas con esquinas dobladas.
—Aquí dice algo que me persigue. Disciplina, fortaleza, control interno… no para convertirse en piedra, sino para no romperse frente al caos. La gente cree que se trata de dejar de sentir. No. Es mirar el incendio sin echarse a correr desesperado dentro de él.
El humo del lugar cruzó entre ambos como un fantasma indeciso.
—¿Y funciona?
Xavi soltó una pequeña risa.
—A veces. Otras veces uno termina bebiendo igual que todos los demás. Pero incluso entonces queda algo. Una conciencia amarga. La certeza de que el dolor, por más legítimo que sea, no tiene derecho a dirigir el timón.
La lluvia arreció afuera. Las luces de la calle temblaban sobre el cristal como pequeños naufragios eléctricos.
Lo observó entonces con más atención. Había algo extraño en aquel hombre que le hablaba: estaba cansado, sin duda, pero sus ojos conservaban una lucidez casi peligrosa, como si dentro de él hubiera todavía alguien muy despierto montando guardia.
—Disculpe —dijo Xavi, cerrando el libro despacio—. No sé bien por qué le dije todo eso. Es que a veces a uno se le vienen pensamientos a la mente, sin pedir permiso. Y bueno: uno quiere lo que tiene, y lo que tengo es este momento.
Carmelo sonrió apenas. Y por primera vez en la noche, la sonrisa no le pareció prestada.
—Quizá —respondió— algunos lugares están hechos para las confesiones.
Xavi levantó entonces la mirada, directa. Vio el polvo en el abrigo, las manos curtidas, la expresión de quien parecía haber atravesado demasiadas ciudades sin pertenecer del todo a ninguna. Lo contempló unos segundos, mientras la música subía de tono lentamente detrás de ellos. Y al fin preguntó, con una suavidad que no exigía nada:
—Se nota que usted no es de este lugar, Carmelo. Dígame una cosa: ¿qué tan largo fue el viaje… y cómo terminó exactamente aquí?
Carmelo se detuvo. Quiso pensar la respuesta y descubrió, casi con asombro, que no la tenía. Lo confesó así, despacio. Eran pocas las imágenes que conservaba —dijo—, y de aquella ciudad lo único que le parecía familiar eran dos sitios: aquel museo frente al que se había detenido un rato antes, y un aeropuerto. Y le resultaba extraño, porque los sentía, no sabía explicarlo, vinculados. Como si uno fuera la puerta del otro.
Comenzó entonces a describir la figura que llevaba prendida a la cabeza desde la calle: pequeña, de oro, con una corona, la mano derecha alzada, la izquierda sosteniendo algo que no lograba precisar. Un tunjo, dijo Xavi en voz baja, como reconociéndolo. Un tunjo muisca. Carmelo asintió sin saber por qué asentía.
Y al volver a recordarlo —al traer otra vez aquella figura al primer plano de la mente—, el dolor regresó. No fue el aviso suave de antes, sino un latigazo seco que le cruzó la frente de sien a sien. Alcanzó a terminar la frase. Alcanzó a describir la corona, la mano. Después su mirada empezó a desenfocarse, como si los bordes del bar se diluyeran en un agua tibia, y sintió que estaba a punto de volver a perderse, otra vez, de sí mismo.
Entonces Xavi le puso la mano en el hombro.
No fue un gesto fuerte. Fue, otra vez, un par de toquecitos suaves. Apenas lo justo para llamarlo. Y, sin embargo, bastaron: Carmelo volvió en sí como quien sale a flote de un sueño profundo, sorprendido de seguir sentado en el mismo bar, con la misma cerveza enfrente, mirando al mismo hombre.
Fue en ese instante —cuando alzó los ojos para agradecerle sin palabras— cuando los vio.
Al fondo del bar, recostados contra el muro junto a una columna, había tres muchachos. Los tres lo miraban. Y Carmelo entendió, sin saber cómo lo entendía, que al menos uno de ellos lo había reconocido. Pero no era el reconocimiento alegre del que se encuentra con un viejo amigo en una calle ajena. Era otra cosa. Era la mirada paciente, profesional, casi inquisidora, de quien tiene una orden pendiente… y por fin acaba de encontrarlo.
Xavi también la notó.
No movió la cabeza, no miró directamente; aprendió hace tiempo que en ciertos asuntos el peor error es dar a entender que uno ha visto. Pero los percibió por el rabillo del ojo —tres siluetas pegadas a la columna del fondo— y, sobre todo, percibió el modo en que miraban. No miraban con curiosidad. No miraban con burla. Miraban con tarea.
Un escalofrío breve, profesional, le bajó por la espalda.
Había visto esa misma mirada antes. La había visto en otros lugares, lejanos, de los que casi nunca hablaba: pueblos de carreteras polvorientas, fincas cuyo nombre cambiaba según quién las contara, bares parecidos a este pero menos amables. La había visto, sobre todo, en personas que su hermano —ese hermano del que tampoco hablaba— había llegado a conocer demasiado bien. Reconoció los hombros, reconoció la quietud, reconoció ese modo de no apoyarse del todo en la pared, como si en cualquier momento hiciera falta moverse rápido. Supo, sin necesidad de mirarlos otra vez, quiénes eran aquellos muchachos. Y supo, también, que la noche acababa de cambiar de temperatura.
No dejó que el miedo le subiera a la cara. Bajó la mano que tenía sobre el hombro de Carmelo y la apoyó, con naturalidad, junto al libro. Tomó un sorbo corto de cerveza —el gesto exacto de un hombre que no tiene ninguna prisa— y, al hablar, lo hizo con la misma voz baja y cálida con la que había hablado toda la noche, como si no hubiera ocurrido nada, como si el aire del bar no se hubiera vuelto, de pronto, un poco más denso.
—Carmelo —dijo, con una certeza que no admitía discusión—. Usted no tiene dónde quedarse. No me lo niegue: se lo veo en la voz. Y le voy a decir más: por el cansancio con el que habla, y por cómo mira esta ciudad como si nunca la hubiera visto, hasta me atrevería a apostarle que ni siquiera este es su país.
Carmelo no contestó. No hizo falta.
—Mañana nos preocupamos de eso —prosiguió Xavi—. Mañana hay tiempo para lo demás. Esta noche le brindo hospedaje. Yo vivo aquí, a unas cuadras nada más. Camita caliente, agua, techo. Lo demás —sonrió apenas— ya nos ocuparemos.
Hablaba mirándolo a él, solo a él, sin un solo gesto en dirección al fondo del bar; pero por debajo de la frase corría otra frase, una que no dijo y que sin embargo Carmelo entendió perfectamente: salgamos de aquí ya.
Hizo una seña discreta al cantinero, dejó sobre la barra un par de billetes sin mirar siquiera cuántos eran, recogió el libro con la misma calma con la que lo había abierto al principio de la noche y, al levantarse, lo hizo de una manera curiosa: no se puso de pie de un salto, no aceleró sus movimientos. Se levantó como se levanta cualquiera en un bar cualquiera, después de una cerveza cualquiera. Solo que, al hacerlo, se las arregló para quedar entre Carmelo y la columna del fondo.
—Venga —dijo, palmeándole otra vez el hombro, dos toquecitos suaves, los mismos del comienzo—. Vamos.
Caminaron juntos hacia la puerta. La música los siguió un trecho. El cantinero les hizo un gesto con la cabeza, una de esas despedidas mudas que solo se dan entre quienes se conocen lo suficiente para no necesitarse demasiado. Y al cruzar el umbral, justo antes de salir, Xavi se detuvo apenas medio segundo —el tiempo exacto de subirse el cuello del saco— y aprovechó para mirar de reojo, por última vez, hacia el fondo del local.
Los tres seguían allí. Uno de ellos se había puesto de pie.
Afuera, la lluvia los recibió con una frialdad limpia. La calle inclinada brillaba bajo las farolas, y el rumor de la ciudad volvía a entrar por todos los costados: motos lejanas, una sirena perdida varias cuadras abajo, una mujer riéndose en alguna ventana abierta. Xavi no soltó el ritmo; caminaba ni rápido ni lento, con esa cadencia tranquila del que no quiere parecer apurado precisamente porque lo está. Tomó a Carmelo levemente por el codo —apenas para guiarlo— y enfiló por una calle lateral, más estrecha, peor iluminada, pero también más corta.
—Cuando lleguemos —dijo en voz baja, sin volver la cabeza— no entre conmigo de una. Espéreme un segundo en el zaguán mientras yo abro. ¿Bueno?
—Bueno —respondió Carmelo. Y nada más. La docilidad le resultó, también ella, vagamente familiar, como si en algún lugar muy adentro su cuerpo ya hubiera obedecido instrucciones parecidas otras veces.
Avanzaron así dos cuadras, tres. Cruzaron una esquina en la que un perro flaco los miró sin ladrar. Pasaron frente a una panadería cerrada cuyo letrero parpadeaba en azul. Carmelo, sin saber muy bien por qué, miró hacia atrás una sola vez. La calle quedaba vacía. Pero vacía de un modo extraño: vacía como una calle de la que alguien acaba de retirarse para no ser visto.
No dijo nada.
Cuando finalmente se detuvieron, fue frente a un portón angosto de madera oscura, con un número de latón que el agua había deslustrado hacía años. Xavi sacó un manojo de llaves, escogió una sin mirar y la metió en la cerradura con un gesto practicado.
—Aquí es —dijo.
Y antes de empujar la puerta, antes de hacerle entrar, antes de cerrar tras ellos el primer techo amable de aquella noche imposible, lo miró otra vez, ya sin el filtro del bar, ya sin la barra de por medio. Lo miró de frente.
—Xavi —dijo, y bajó un poco la voz, como quien confiesa algo que llevaba un rato pensando si decir o no decir—. Por estos lados no acostumbramos darle posada a cualquiera. No crea que esto es lo habitual. Pero le voy a ser franco: yo a usted ya lo había visto antes del bar. No me pregunte dónde ni cómo, porque tampoco lo sé bien. Solo sé que lo vi, y que cuando lo vi entendí que andaba usted necesitando una mano solidaria en un lugar que no es el suyo.
Hizo una pausa breve, sin retirar los ojos.
—Y tengo este sentimiento, manito. Uno de esos que no se discuten. El sentimiento de que esta noche me toca confiar. Y, sobre todo, ayudar.
Entonces sonrió apenas —sin solemnidad, casi como una broma íntima entre los dos, pero también con algo muy parecido a una promesa:
—Tranquilo, Carmelo. Aquí adentro, esta noche, no lo encuentra nadie. Mañana averiguamos quién es usted.
Empujó la puerta.
Y por primera vez desde que había abierto los ojos sobre aquella banca de la plaza, Carmelo —el hombre que apenas unas horas antes ni siquiera recordaba su propio nombre— sintió que entraba en algún sitio.
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— Fin del Capítulo Primero —